domingo, 29 de noviembre de 2020

Ella


 Ciertos causales redundan en silvestres posturas de argucias y elocuradas palabras.

Dicho así no abre puertas aunque indica destinos. Resulta que sin aquel sentido beso no hubiesen nacido postreras razones. Ella, la irresoluta mujer, la empeñada en crear, supo dar sin reclamos visibles, lo mejor de su naturaleza justa. Regaló de todo y  como susurro anochecido de un os quiero eterno, todavía pasea en busca de un agradecimiento no venido a más y si a menos. Cualquier mujer, con y sin desbordes siempre será la mística y misteriosa respuesta a todas las ausencias de un antes y después.

Lo causal no es consecuencia.

 

Si pudieras ser la fuerza del silencio contenido, serias entonces un alivio, un orgasmo posverdad.



Entre aplausos y lágrimas.


Truncando la magia.

Asistir a la dicha de excelsas realizaciones humanas mas que privilegio es fortuna. Inmerso todavía en lo contreversial y por que no sorprendentemente encontrado en su esencia tras una partida inesperada, como toda partida al fin, es riego a correr intentar desmontar sólidas razones que pueden a la postre parecer imprudente y desafortunada, pero ahi van letras.

Entiendo, que toda existencia racional no solo es creación sino sinónimo de perfección aún en su propia carencia, es entonces donde desembarco con esta carga de ideas sobre quien fue para muchos el pan y la gloria, hombre fiel y patriarca de su profesión, admirado sobre el pasto que le servía de alfombra hacia el camino al olimpo que en tiempos convulsos tocó. Decir Diego no es igual a Maradona, existe un paralelismo y una dicotomía, un andar de cerca pero con un eterno divorcio, como líneas de tren que se conducen pero nunca se abrazan, solo en la distacia idílica y desvisual se besan. Diego nació en pobreza y murió en la mayor riqueza, la de sus prístinos y heredados reverenciadores, en cambio Maradona ese otro ser, envilecido y extra racional, el producido por y para beneficios propios y ajenos, surgió rico y pasó de status en status a ser inmundo y desheredado, descreando la cuasi perfección, enlodando sus pasos, ivertebrando al ser que una vez fue alharaca, combustible y PASIÓN. 

Diego, el de la gente cambió el mundo, hizo con sus piernas lo que J.Verne con sus grandielocuencias, pudo en medio de la tormenta lograr que un pais se uniera en amor, en un abrazo promiscuo donde todos los argentinos olvidaron y perdonaron, ese Diego de estatura insignificante pero tocado por la divinidad, ese que burló a un imperio con la astucia de un peluza saltando por encima de la ignominia puso de rodillas a un gigante infulado y contraproducente. Decir Diego no es populista ni retórico es sencillamente apologético para quien adjetivos y lágrimas jamás serán suficientes.

Sin embargo, al nacer Maradona fué inmediatamente abducido por aquellos desafotunados y viles de siempre que sobre ajenos montan sus agendas y vicios, esos que sin reverencias y si con falsos aplausos secuestran el talento, lo doman para lanzarlos luego al ruedo de sus inmundicias y caducas prácticas. Ellos, clásicos gurus de la exportación de fétidos sueños nos robaron a Diego y crearon a Maradona.

El epitafio no será otro que aquel que cada quien destine sobre Diego o Maradona. Yo me quedo con el peluza, con el 10, con la barda de Boca, con la milonga de aquellos felices de 1986.